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El último resguardo de la resistencia

 En la última obra de Roberto Burgos Cantor la memoria es el último resguardo para la resistencia esclavista, para la preservación de la identidad y la cultura de la raza negra. Esta novela que trata sobre la Cartagena fermentada del siglo XVII, nos recuerda que desde sus orígenes las minorías en Colombia han estado esclavizadas por la explotación, el desarraigo y la violencia física. 

Por: Kevin Alexis García*

Una ciudad agobiada por la presencia de gobernantes, soldados, curiosos, tentadores de la fortuna, contadores de remesas reales, curas, comerciantes y proscritos de la justicia del Rey, es la Cartagena derruida que recrea Roberto Burgos Cantor. Advenedizos y saqueadores que arribaban a la ciudad de piedra para despojar el oro  y la memoria, para  imponer el orden, la subordinación y el oprobio. De África traían los esclavos desterrados para siempre de sus orígenes, los mismos que en su continente cantaban en arda y en mandinga, en arará y en biojó. 

De esta forma el escritor colombiano nos sumerge en el mundo esclavo a través de las voces de siete personajes que encarnan entre todos el sometimiento forzado, la compasión y expansión evangelizadora, la reflexión intelectual, el desprendimiento nativo, la obsesión por la escritura y la insurrección libertaria.  

Burgos Cantor supera la condición episódica del relato, convirtiendo la novela en configuradora de la atmósfera de una época, la de la esclavitud y la sumisión, la del encuentro de dos mundos en un tercero desconocido, donde la violencia física es el principal vaso comunicante. Con una profunda voz lírica nos sumergimos en esta Cartagena enferma y apestada por el mal de Loanda. En la ciudad convergerá una miríada de personajes polifónicos que construyen entre todos un fresco complejo y diverso que nos revela permanentemente distintas aristas de una misma realidad.

La ceiba de la memoria exhibe las virtudes de un escritor con una profunda voluntad de estilo. Construye una prosa que asume en su seno una poética sin tapujos, sin contriciones, una estética experimental que renueva el relato y articula la memoria en un sistema de fragmentos de voces intermitentes y yuxtapuestas. 

Como lo señala Ariel Castillo Mier es La ceiba de la memoria una novela de postrimerías. Burgos Cantor se ha centrado en los últimos días de sus personajes, en sus agonías finales, sugiriendo con ello que el ser humano elabora la reflexión más lograda sobre su experiencia vital en los momentos en que dicha vitalidad yace ausente. 

Las postrimerías de los personajes son acompañadas por una prosa lacerante y profusa de la Cartagena del despojo. El escritor nos ofrece descripciones finas, coléricas, evocadoras de una ciudad decadente, sometida a los devenires de la peste y la tortura, al abandono de su propia suerte. Las negrerías inundadas: la baba gruesa y amarillosa de las pústula y las cáscaras de la piel podrida de los negros flotando en el barrizal de cieno descompuesto por los excrementos, los orines, el vómito y la sangre lenta y sin fuerza, la trama naciente de calles, callejones, plazas, puentes, partes de un laberinto aún sin hilo, imponiéndose a las ciénagas, lagunas, canales, colinas, arcabucos, penínsulas, ensenadas de mar, playas y acantilados, ese mundo que estaba ahí desde los orígenes de la vida y ese mundo que se levantaba con su ambición de despojo. 

Como vemos los párrafos tienen la intensidad del poema, la imaginación de la metáfora y la provocación del lenguaje. Burgos Cantor construye así una representación histórica exquisita, siempre escatológica y precisa; orientada a excitar los sentidos del lector, copiosa en recursos sensibles al tacto, el olfato, la vista y el gusto: colgaban de garfios los pedazos frescos de carne de res con el cúmulo de las moscas y abajo el charco que formaba en el piso de piedra el goteo de sangre, los conejos despellejados de carne ahumada y extendidos como pájaros de alas desplegadas, las vísceras de brillo baboso y su flacidez de gelatina sobre mesones, los quesos de las haciendas  de las afueras en forma de bloques y de tortas,  puestos en enormes canastos de tejido vegetal por los que se filtraba el suero, y los barriles con las bebidas burbujeantes de maíz fermentado. 

La imposición de la desmemoria

Sin duda la obra obedece a un momento histórico en la cual se producirán, se negociarán y se confrontarán las prácticas de la memoria y el olvido. Para Marta Zambrano la supresión de la memoria, a través de la implementación de un régimen de olvido y, simultáneamente, de un nuevo régimen de memoria que sepulta al anterior, es la supresión de la identidad. Los esclavos se ven sometidos a la imposición de un nuevo dios, al descreimiento y desaprobación de sus culturas. Se comprende así que la dominación política requiere de la definición de la historia y de la memoria expresada en la imposición de versiones particulares y parciales como universales y comunes, en la oclusión, exclusión y silenciamiento del sentido vivido del pasado de los grupos subordinados.

La historia funge como un dispositivo de domesticación de la memoria social. Frente a esto, en la novela vemos las diferentes manifestaciones de los esclavos: la introyección del olvido como defensa de la vida, la subordinación obediente como repliegue estratégico, también la resistencia hasta la alcanzar la muerte. Se teje así una lucha entre las hegemonías y las disidencias.

En esta obra  que da cuenta en su estructura de la influencia de Faulkner, las diferencias se sobrepasan hasta fundirse en la mixtura de la transculturación, en el mestizaje que hoy llevamos en nuestro cuerpo. Como lo comprobó la historiografía, en la obra se acoplan los contrarios y vemos al arzobispo, con su lombriz mal alimentada y su barriga grande y tensa de yegua preñada, copulando con la esclava Atanasia Caravalí, penetrando en su caverna frondosa el germen de su descendencia, bajo la complicidad  de la noche que se confundía con la piel de la cautiva.

Es La ceiba de la memoria una novela que muestra y se deja ver, exhibe el rigor de un escritor con oficio que exige del lector atención en su lectura; su relato nos recuerda que desde sus orígenes las minorías en Colombia han estado esclavizadas a la explotación, el desarraigo y la violencia física. Es por ello que una memoria histórica debe seguir siendo el resguardo de la resistencia. 

*Comunicador social/periodista. Kevingar@univalle.edu.co