Página principal
Editorial
Libros y ferias
El olor del plátano
Iglesia y sexualidad
Iglesia y ciencia
Religión y política
Agenda Cultural
Religión en el cine
Controversia católica
Religión y salsa
Filmes rebeldes
Revista Nexus

Tocaia Grande

El signo del pez
Ciudades Emergentes
Contraportada

     Http://cvi.univalle.edu.co

 

De dioses y humanos, entre lo divino y lo terreno

Por Carolina Abadía Quintero*

¿Qué sucede cuando la religión se entromete en la política, y la política manda sobre la religión? Si bien el cielo y la tierra están separados, y el infierno ya no es un punto de encuentro, las dos potestades más influyentes en el mundo aún glorifican su poder divino y secular ante los seres humanos. Semblanza histórica de dos poderes tradicionalmente enfrentados.

 

Hace ya 3000 años Jesucristo planteó la solución al conflicto entre dos de las potestades más importantes del mundo: la Religión y la Política. ‘Den al emperador lo que es del emperador, y a Dios lo que es de Dios’, fueron las palabras del Crucificado. A pesar de esta sabia enseñanza, el problema siguió presentándose a lo largo de los siglos y de la historia, pues las religiones y los gobernantes humanos generaron grandes y masivos conflictos políticos, llevando a cuestas un incalculable número de muertos y víctimas. La historia de las religiones en el mundo muestra cómo ciertos cultos masivos y mundiales -cristianismo, islamismo, judaísmo entre otros- han sabido legitimar su expansión a través de la fuerza, el poder y la intervención política. Es la política, el espacio que permitirá que religiones como la católica y la islámica sean garantes del control social, afiancen su culto entre los fieles y se opongan a los deseos terrenales de aquellos que se declaraban gobernantes. Entre el cielo y la tierra no hay nada oculto.

Un pequeño contexto canónico

Para la mayoría de las religiones, es Dios el generador y legitimador de todo lo que existe. Esta concepción permite por tanto que aquellos que han sido escogidos para administrar los dictámenes de la fe, el culto y el dogma, se sientan con la responsabilidad y obligación de intervenir en otra serie de campos que sobrepasan la práctica y la experiencia religiosa. Tal situación se ha expresado constantemente en la historia de la Iglesia Católica.

Desde el Nuevo Testamento se pueden encontrar las primeras impresiones acerca de la religión y la política, pues escrituras como la Carta de Pablo a los Romanos, en el versículo 13, capítulo 1al 7, plantea que los buenos cristianos debían realizar peticiones y oraciones por los soberanos, ya que ellos representan el poder terrenal instaurado por Dios, al cual se le debe lealtad y obediencia. Para el año 493 el Papa Gelasio I, notando las constantes quejas de los emperadores romanos, referentes a las intervenciones de muchos religiosos en política, y oyendo las acusaciones de varios miembros del clero en contra de los funcionarios del Imperio, escribe la Doctrina de las Dos Potestades, que concibe al emperador como hijo y no como cabeza de la Iglesia, afirmando entonces la separación de la potestad secular y la eclesiástica.

Para los padres de la Iglesia era claro que ante la corruptibilidad de la mente, el alma humana podía caer en estado de pecado; era necesario entonces controlar las conciencias y las acciones de las y los individuos, garantizando su salvación y preparando el camino para el día del Juicio. Este fue el clima de la Edad Media, época en la que no se elegían reyes sin el consentimiento del Papa, pues la legitimación terrenal dependía de la aceptación religiosa, y más cuando se consideraba que los gobernantes eran elegidos e investidos con y por el poder divino.

Toda está situación se encontraba fundamentada en varias páginas escritas por los expertos doctores en derecho canónico, quienes argumentaban, y más en defensa del Papa, que la potestad secular había sido conferida a los soberanos, pero a raíz de la potestad espiritual de la Santa Sede, el Papa tenía y poseía el derecho a realizar actos jurisdiccionales en el ámbito secular en defensa de intereses y objetivos específicos. Tal concepción en el fondo, desconocía la naturaleza exclusivamente espiritual que siglos atrás le había sido conferida a la Iglesia Católica. El inmiscuirse en asuntos terrenales era para muchos emperadores y monarcas, una situación incómoda, al no ver con buenos ojos la intromisión de la Iglesia en sus territorios y la constante deslegitimación de sus políticas y mandatos por parte del Papado. Este panorama prevalecería hasta entrado el siglo XVIII, época en que las ideas ilustradas y la teoría política liberal, criticarían y contrarrestarían el poder supranacional ejercido por la Santa Sede. De orantes y ateos.

El siglo XIX habla

“Los monasterios, cuando abundan en una nación, son trabas para la circulación, establecimientos obstruyentes, centros de pereza puestos allí donde debería haber centros de trabajo”. Pareciera como si el hábil y magnifico escritor francés Víctor Hugo hubiera plasmado el espíritu anticlerical del siglo XIX en su obra maestra ‘Los Miserables’. Y es que a partir de procesos tan largos y complejos como la Revolución Francesa y las revoluciones de 1848, Europa ya no tenía mucha fe en el Papa, gracias a la secularización de espacios que se creían santos y exclusivos de la religión, como la geopolítica y la diplomacia. Los movimientos sociales europeos poco a poco fueron enterrando el miedo medieval al pecado y al destierro religioso, pues finalmente el ‘diablo’ había sido desencadenado, y se presentaba en forma de revolución.

La Iglesia, como institución, ante este panorama, se encontraba desgastada por siglos y siglos de regencia del contexto europeo, mientras en Hispanoamérica el culto chocaba con las nuevas formas de pensamiento político y social.  Lastimosamente, mientras el mundo avanzaba por los caminos racionales del pensamiento, el catolicismo se atrincheraba sobre toda una herencia tradicional que en el fondo le enfrentaba a la idea de progreso; los gobernantes liberales europeos eran consientes de que, ‘Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios’. El Papa no debía interferir en las políticas internas de las nacientes naciones. Europa, deconstruida por el magnánimo pensamiento liberal, pensaba en la democracia, en las garantías colectivas, en las libertades individuales, en la tolerancia de cultos, en la libertad de pensamiento. No se negaba a la religión, sino que más bien la concebía como un culto privado, personal, íntimo, como lo expresa Víctor Hugo: ‘culpamos a una religión cuando está saturada de intrigas; despreciamos lo espiritual cuando se opone a lo temporal; pero honramos en todas partes al hombre que medita’.

El siglo XX llegaría con sus respectivos afanes, denotando la muerte de la creencia en Dios, por el florecimiento de las capacidades individuales humanas. Para muchos en general, los cultos religiosos entraron en crisis, ante la incredulidad divina de muchos fieles, mientras los Estados ya no se ocuparon del Ser Supremo, sino del hombre.

De otras experiencias religiosas

La teocracia en el lenguaje de la ciencia política se refiere al, “tipo de gobierno que considera a Dios como único soberano y las leyes del reino como órdenes divinas”. A pesar de que el catolicismo ha impuesto regímenes teocráticos, el Islam, el Budismo y el Judaísmo, son ejemplos claros de cómo los administradores de la fe, pueden llegar a ser estadistas.

La palabra Islam significa: ‘resignación o sumisión total a la voluntad de Dios’. Esta religión se ha configurado en los últimos años en protagonista, junto con Occidente, de los procesos, tensiones y conflictos del mundo actual. Lo cierto es que en el Islam, no existe una diferencia muy clara entre religión y política, pues a través de la historia, este culto ha configurado fuertes relaciones divino-terrenales. Dicha situación se ha presentado por la no tan pertinente interpretación de la Sharia, que es el corpus de reglas jurídicas que trata de todos los problemas de la vida en sociedad. Dicho documento nace de la explicación que los ulemas, expertos en derecho y teología islámica, han dado sobre las disposiciones jurídicas presentes en el Corán y en los Haddits, hechos atribuidos al profeta Mahoma. A excepción de Turquía, en donde Estado e Iglesia están separados, la mayoría de países islámicos conciben la fe coránica en constante unión con la actividad política, pues los gobiernos sólo podrían disponer de los destinos de los seres humanos, a partir de los dictámenes de Alá, pues es en nombre de él que se debe de gobernar.

En el caso del budismo, los Dalai Lama, iluminados por Buda, desde el siglo XVII hasta 1950, dirigieron políticamente la pequeña región del Tibet. Actualmente, a pesar de su expulsión por parte del régimen maoísta, el Dalai Lama se ha convertido en una de las figuras políticas que más critica la política del Estado chino. En el caso del judaísmo, fue Moisés profeta y teócrata en la historia bíblica. Igualmente, hasta antes de la imposición de los reyes, era el sumo sacerdote, la cabeza visible de las 12 tribus de Jacob, con el privilegio exclusivo de consultar a Dios. Su presencia en la estructura jurídica judía era importante, en la medida en que las decisiones sobre política necesitaban de su consentimiento.

El caso colombiano

Políticos religiosos y religiosos políticos han plagado la historia en Colombia. De hecho la historia del siglo XIX fue protagonizada por el conflicto permanente entre Iglesia y Estado, pues, como mencionó alguna vez Salvador Camacho Roldán, “la unión de los poderes espirituales y temporales constituía el estado natural de las cosas” en nuestro país. La consagración al Sagrado Corazón de Jesús en 1898 y el encabezado divino de la constitución de 1886,  son algunos de los hechos que demuestran que religión y política en Colombia han ido de la mano a través de la historia. Se recuerda, que para la época de la violencia eran muchos los sacerdotes que desde el púlpito declaraban que ser liberal significaba caer en pecado mortal.

Es la Iglesia de hecho en estos momentos, una de las instituciones que a pesar de su impopularidad por temas como el aborto y el matrimonio gay, se ha convertido en crítico fuerte de los políticos colombianos, o quien no recuerda la famosa frase del hoy Cardenal Primado de Colombia,  Pedro Rubiano, al descalificar el desconocimiento del presidente Samper, respecto a su relación con el cartel de Cali. El famoso elefante blanco, expresión del prelado, gracias a ciertos rumores, aún hoy protagoniza escándalos políticos.

El 1 de marzo del presente año, a través de la versión web del periódico El País de Cali, monseñor Luís Augusto Castro, presidente de la Conferencia Episcopal de Colombia, auguró que el país podría caer bajo una dictadura de la Corte Constitucional, si esta seguía legislando sobre aquellos asuntos morales condenados por la Iglesia. Presagio o no, la intervención política de la Iglesia y en general del resto de dogmas religiosos, sólo representa un pequeño antecedente ante todas las problemáticas que la relación entre Religión y Política han generado en el mundo.

Cabe decir que ante el peso de la tradición divina, las religiones seguirán configurándose como agentes políticos críticos. Mientras tanto Alá, Dios y Jehová continuaran junto a sus profetas, esperando el día en que aquellas religiones que fundaron e inspiraron, cumplan por fin su tan esperada misión espiritual. Zapatero a tus zapatos. 

*estudiante de Licenciatura en Historia, Univalle. cabaquin@hotmail.com

Fuentes:

  • Mircea Eliade. Historia de las religiones. Madrid: Editorial Taurus, 1985.

  • Albert Schweitzer. El cristianismo y las religiones mundiales. Madrid: Ed. Alianza, 1974.

  • www.elpais.com.co/ www.semana.com