|
|
De
dioses y humanos, entre lo divino y lo terreno
Por Carolina Abadía Quintero*
¿Qué sucede cuando la religión se entromete en la
política, y la política manda sobre la religión? Si
bien el cielo y la tierra están separados, y el
infierno ya no es un punto de encuentro, las dos
potestades más influyentes en el mundo aún
glorifican su poder divino y secular ante los seres
humanos. Semblanza histórica de dos poderes
tradicionalmente enfrentados.
Hace ya 3000 años Jesucristo planteó la solución al
conflicto entre dos de las potestades más
importantes del mundo: la Religión y la Política.
‘Den al emperador lo que es del emperador, y a Dios
lo que es de Dios’, fueron las palabras del
Crucificado. A pesar de esta sabia enseñanza, el
problema siguió presentándose a lo largo de los
siglos y de la historia, pues las religiones y los
gobernantes humanos generaron grandes y masivos
conflictos políticos, llevando a cuestas un
incalculable número de muertos y víctimas. La
historia de las religiones en el mundo muestra cómo
ciertos cultos masivos y mundiales -cristianismo,
islamismo, judaísmo entre otros- han sabido
legitimar su expansión a través de la fuerza, el
poder y la intervención política. Es la política, el
espacio que permitirá que religiones como la
católica y la islámica sean garantes del control
social, afiancen su culto entre los fieles y se
opongan a los deseos terrenales de aquellos que se
declaraban gobernantes. Entre el cielo y la tierra
no hay nada oculto.
Un pequeño contexto canónico
Para la mayoría de las religiones, es Dios el generador y
legitimador de todo lo que existe. Esta concepción
permite por tanto que aquellos que han sido
escogidos para administrar los dictámenes de la fe,
el culto y el dogma, se sientan con la
responsabilidad y obligación de intervenir en otra
serie de campos que sobrepasan la práctica y la
experiencia religiosa. Tal situación se ha expresado
constantemente en la historia de la Iglesia
Católica.
Desde el Nuevo Testamento se pueden encontrar las primeras
impresiones acerca de la religión y la política,
pues escrituras como la Carta de Pablo a los
Romanos, en el versículo 13, capítulo 1al 7, plantea
que los buenos cristianos debían realizar peticiones
y oraciones por los soberanos, ya que ellos
representan el poder terrenal instaurado por Dios,
al cual se le debe lealtad y obediencia. Para el año
493 el Papa Gelasio I, notando las constantes quejas
de los emperadores romanos, referentes a las
intervenciones de muchos religiosos en política, y
oyendo las acusaciones de varios miembros del clero
en contra de los funcionarios del Imperio, escribe
la Doctrina de las Dos Potestades, que concibe al
emperador como hijo y no como cabeza de la Iglesia,
afirmando entonces la separación de la potestad
secular y la eclesiástica.
Para los padres de la Iglesia era claro que ante la
corruptibilidad de la mente, el alma humana podía
caer en estado de pecado; era necesario entonces
controlar las conciencias y las acciones de las y
los individuos, garantizando su salvación y
preparando el camino para el día del Juicio. Este
fue el clima de la Edad Media, época en la que no se
elegían reyes sin el consentimiento del Papa, pues
la legitimación terrenal dependía de la aceptación
religiosa, y más cuando se consideraba que los
gobernantes eran elegidos e investidos con y por el
poder divino.
Toda está situación se encontraba fundamentada en varias
páginas escritas por los expertos doctores en
derecho canónico, quienes argumentaban, y más en
defensa del Papa, que la potestad secular había sido
conferida a los soberanos, pero a raíz de la
potestad espiritual de la Santa Sede, el Papa tenía
y poseía el derecho a realizar actos
jurisdiccionales en el ámbito secular en defensa de
intereses y objetivos específicos. Tal concepción en
el fondo, desconocía la naturaleza exclusivamente
espiritual que siglos atrás le había sido conferida
a la Iglesia Católica. El inmiscuirse en asuntos
terrenales era para muchos emperadores y monarcas,
una situación incómoda, al no ver con buenos ojos la
intromisión de la Iglesia en sus territorios y la
constante deslegitimación de sus políticas y
mandatos por parte del Papado. Este panorama
prevalecería hasta entrado el siglo XVIII, época en
que las ideas ilustradas y la teoría política
liberal, criticarían y contrarrestarían el poder
supranacional ejercido por la Santa Sede. De orantes
y ateos.
El siglo XIX habla
“Los monasterios, cuando abundan en una nación, son trabas
para la circulación, establecimientos obstruyentes,
centros de pereza puestos allí donde debería haber
centros de trabajo”. Pareciera como si el
hábil y magnifico escritor francés Víctor Hugo
hubiera plasmado el espíritu anticlerical del siglo
XIX en su obra maestra ‘Los Miserables’. Y es que a
partir de procesos tan largos y complejos como la
Revolución Francesa y las revoluciones de 1848,
Europa ya no tenía mucha fe en el Papa, gracias a la
secularización de espacios que se creían santos y
exclusivos de la religión, como la geopolítica y la
diplomacia. Los movimientos sociales europeos poco a
poco fueron enterrando el miedo medieval al pecado y
al destierro religioso, pues finalmente el ‘diablo’
había sido desencadenado, y se presentaba en forma
de revolución.
La Iglesia, como institución, ante este panorama, se encontraba
desgastada por siglos y siglos de regencia del
contexto europeo, mientras en Hispanoamérica el
culto chocaba con las nuevas formas de pensamiento
político y social. Lastimosamente, mientras el
mundo avanzaba por los caminos racionales del
pensamiento, el catolicismo se atrincheraba sobre
toda una herencia tradicional que en el fondo le
enfrentaba a la idea de progreso; los gobernantes
liberales europeos eran consientes de que, ‘Al César
lo que es del César y a Dios lo que es de Dios’. El
Papa no debía interferir en las políticas internas
de las nacientes naciones. Europa, deconstruida por
el magnánimo pensamiento liberal, pensaba en la
democracia, en las garantías colectivas, en las
libertades individuales, en la tolerancia de cultos,
en la libertad de pensamiento. No se negaba a la
religión, sino que más bien la concebía como un
culto privado, personal, íntimo, como lo expresa
Víctor Hugo: ‘culpamos a una religión cuando está
saturada de intrigas; despreciamos lo espiritual
cuando se opone a lo temporal; pero honramos en
todas partes al hombre que medita’.
El siglo XX llegaría con sus respectivos afanes, denotando
la muerte de la creencia en Dios, por el
florecimiento de las capacidades individuales
humanas. Para muchos en general, los cultos
religiosos entraron en crisis, ante la incredulidad
divina de muchos fieles, mientras los Estados ya no
se ocuparon del Ser Supremo, sino del hombre.
De otras experiencias religiosas
La teocracia en el lenguaje de la ciencia política se
refiere al, “tipo de gobierno que considera a Dios
como único soberano y las leyes del reino como
órdenes divinas”. A pesar de que el catolicismo ha
impuesto regímenes teocráticos, el Islam, el Budismo
y el Judaísmo, son ejemplos claros de cómo los
administradores de la fe, pueden llegar a ser
estadistas.
La palabra Islam significa: ‘resignación o sumisión total a
la voluntad de Dios’. Esta religión se ha
configurado en los últimos años en protagonista,
junto con Occidente, de los procesos, tensiones y
conflictos del mundo actual. Lo cierto es que en el
Islam, no existe una diferencia muy clara entre
religión y política, pues a través de la historia,
este culto ha configurado fuertes relaciones
divino-terrenales. Dicha situación se ha presentado
por la no tan pertinente interpretación de la
Sharia, que es el corpus de reglas jurídicas que
trata de todos los problemas de la vida en sociedad.
Dicho documento nace de la explicación que los
ulemas, expertos en derecho y teología islámica, han
dado sobre las disposiciones jurídicas presentes en
el Corán y en los Haddits, hechos atribuidos al
profeta Mahoma. A excepción de Turquía, en donde
Estado e Iglesia están separados, la mayoría de
países islámicos conciben la fe coránica en
constante unión con la actividad política, pues los
gobiernos sólo podrían disponer de los destinos de
los seres humanos, a partir de los dictámenes de
Alá, pues es en nombre de él que se debe de
gobernar.
En el caso del budismo, los Dalai Lama, iluminados por
Buda, desde el siglo XVII hasta 1950, dirigieron
políticamente la pequeña región del Tibet.
Actualmente, a pesar de su expulsión por parte del
régimen maoísta, el Dalai Lama se ha convertido en
una de las figuras políticas que más critica la
política del Estado chino. En el caso del judaísmo,
fue Moisés profeta y teócrata en la historia
bíblica. Igualmente, hasta antes de la imposición de
los reyes, era el sumo sacerdote, la cabeza visible
de las 12 tribus de Jacob, con el privilegio
exclusivo de consultar a Dios. Su presencia en la
estructura jurídica judía era importante, en la
medida en que las decisiones sobre política
necesitaban de su consentimiento.
El caso colombiano
Políticos religiosos y religiosos políticos han plagado la
historia en Colombia. De hecho la historia del siglo
XIX fue protagonizada por el conflicto permanente
entre Iglesia y Estado, pues, como mencionó alguna
vez Salvador Camacho Roldán,
“la unión de los poderes espirituales y temporales
constituía el estado natural de las cosas” en
nuestro país. La consagración al Sagrado Corazón de
Jesús en 1898 y el encabezado divino de la
constitución de 1886, son algunos de los hechos que
demuestran que religión y política en Colombia han
ido de la mano a través de la historia. Se recuerda,
que para la época de la violencia eran muchos los
sacerdotes que desde el púlpito declaraban que ser
liberal significaba caer en pecado mortal.
Es la Iglesia de hecho en estos momentos, una de las
instituciones que a pesar de su impopularidad por
temas como el aborto y el matrimonio gay, se ha
convertido en crítico fuerte de los políticos
colombianos, o quien no recuerda la famosa frase del
hoy Cardenal Primado de Colombia, Pedro Rubiano, al
descalificar el desconocimiento del presidente
Samper, respecto a su relación con el cartel de
Cali. El famoso elefante blanco, expresión del
prelado, gracias a ciertos rumores, aún hoy
protagoniza escándalos políticos.
El 1 de marzo del presente año, a través de la
versión web del periódico El País de Cali, monseñor
Luís Augusto Castro, presidente de la Conferencia
Episcopal de Colombia, auguró que el país podría
caer bajo una dictadura de la Corte Constitucional,
si esta seguía legislando sobre aquellos asuntos
morales condenados por la Iglesia. Presagio o no, la
intervención política de la Iglesia y en general del
resto de dogmas religiosos, sólo representa un
pequeño antecedente ante todas las problemáticas que
la relación entre Religión y Política han generado
en el mundo.
Cabe decir que ante el peso de la tradición divina,
las religiones seguirán configurándose como agentes
políticos críticos. Mientras tanto Alá, Dios y
Jehová continuaran junto a sus profetas, esperando
el día en que aquellas religiones que fundaron e
inspiraron, cumplan por fin su tan esperada misión
espiritual. Zapatero a tus zapatos.
*estudiante de Licenciatura en Historia, Univalle.
cabaquin@hotmail.com
Fuentes:
-
Mircea Eliade. Historia de las religiones.
Madrid: Editorial Taurus, 1985.
-
Albert Schweitzer. El cristianismo y las
religiones mundiales. Madrid: Ed. Alianza, 1974.
-
www.elpais.com.co/
www.semana.com
|