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Katherine Soto

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La última sonrisa de Katherine Soto 

Pocos días después del inicio de clases la comunidad universitaria padece nuevamente la muerte violenta de un estudiante; esta vez la de Katherine Soto,  una mujer de veintiún años que meses atrás pedía justicia por  sus compañeros fallecidos.

Por: Kevin Alexis García*

Era de madrugada y hacía mucho frío. Bajo los rieles oxidados y los maderos húmedos y carcomidos del puente colgante bajaban las aguas del río San Cipriano. Katherine se sujetaba con las manos y los pies. Llevaba un maletín sobre su espalda y aún no se insinuaba el amanecer. Rolando, temeroso, buscaba sostenerse de una baranda lateral. Atrás se disipaban las últimas luces del pueblo y los ladridos de algunos perros. Hacia delante los maderos del puente se perdían entre las penumbras. De repente Rolando escuchó un sutil silbido. ¿Oíste eso?, sí, fui yo, respondió Katherine para tranquilizarlo mientras sonreía. Esa sería su última sonrisa. 

Rolando está tendido sobre la cama de su casa. Se ve demacrado, tiene una pantaloneta corta y algunas gasas recubren una protuberante inflamación en su pierna derecha. En ella aún quedan esquirlas de fusil, el hueso femural lo atraviesa un platino desde la cadera hasta la rótula. Toma agua a sorbos mientras recuerda.  

De la luz a la oscuridad

El primero de agosto, al atardecer, Katherine Soto y Rolando avanzaban por una vía férrea hacia San Cipriano, un corregimiento turístico de Buenaventura. En las últimas semanas ella se recuperaba de la ruptura con su novio de varios años. Estaba en vacaciones y disipaba su depresión saliendo con su hermana,  su madre y algunos amigos. Un año atrás se había conocido con Rolando en la Universidad. Él había estudiado algunos semestres de Física y Filosofía.

Llegaron en la noche a San Cipriano y al despuntar la mañana nadaron en Charco Oscuro y fueron avanzando hacia otros afluentes de la reserva forestal. Compartieron todo el día entre la espesura de los árboles y el agua del río. Rolando la veía serena y alegre. Al caer la tarde buscaron una cabaña cerca al pueblo para dormir. Esa noche, entre las penumbras, un destello de luciérnagas los rodeó y él sintió que vivían la experiencia más maravillosa entre la selva. Pocas horas después vivirían todo lo contrario.

Llevaban poco dinero y habían acordado caminar hasta el corregimiento de Córdoba para ahorrar el transporte de las brujitas, carruajes de tablas y balineras típicos de la zona. Debían partir temprano, la vía férrea era muy estrecha y querían evitarse un accidente en el trayecto.  

La última partida

Rolando durmió poco, salió a orinar y cuando regresó a la cabaña encontró a Katherine sentada sobre la cama. No llevaban reloj, el celular se había descargado y ambos decidieron emprender el viaje antes que amaneciera. Avanzaron por la carretera iluminada del pueblo hacia el puente que cruzaba el río. Notaron que no había más luz, los travesaños de madera estaban podridos, resbalosos y cubiertos por matorrales.

Los maderos del puente dificultaban el tránsito en la oscuridad

A cada paso Rolando levantaba la cabeza, miraba el suelo, los travesaños, los rieles. No comprendía por qué Katherine dijo que había silbado, mientras el sonido venía de las penumbras. En ese instante Rolando levanta la mirada, cree ver una sombra, pero descarta cualquier pensamiento y decide avanzar para ver mejor la imagen. Supuso que era un caballo. Katherine ha encontrado su paso apoyando las palmas de las manos y los pies sobre los rieles, acusa a su compañero de tener miedo y lo invita a avanzar. Ambos se sonríen por última vez.

Cinco metros después, de la nada sin previo aviso, escucho un sonido aislado que no se me olvida. ¡Ta, tatatatata, ta, tata, ta, ta, tata! Rolando lo repite literalmente y uno siente como si aún le estuviesen disparando en su mente. Vi el destello de las luces de los fusiles y los asocié con las luciérnagas. Algunos proyectiles se estrellaban sobre las barandas de la vía férrea. 

Mientras continuaban los disparos Rolando ya había caído de espaldas sobre las aguas. El fondo del río lo recibió con un golpe en la rodilla izquierda. La corriente empezó a arrastrarlo. Su maletín no se sumergía. Rolando se hundía, volvía a salir a flote, miraba hacia el puente, pero el agua, la maleza y las piedras le impedían ver. Sobre el puente Katherine había caído con cuatro tiros de fusil descargados en la cabeza, una pierna, un brazo y la cadera.  

 Me agarré a unas raíces para resistir a las aguas. Algunas ramas se rompían, la corriente movía mi pierna y me causaba mucho dolor. Sentí que ya me tenían ubicado y estaban jugando conmigo.  Pensaba que en cualquier momento me iban a disparar. Ya no sentía la pierna derecha y logré salir a una playa de roca. Todo el tiempo esperaba un disparo, pero pensaba de nuevo  en la pierna herida y en la posibilidad de salvar mi vida. 

Vi entre la oscuridad que varios militares avanzaban sobre la rivera opuesta del río. Rolando dobla unas ramas y cubre su tronco y su cabeza. Ellos pasaron, miraron hacia mi posición y no me vieron. Siguieron buscando río abajo. Cuando noté esto decidí que no iba a dejar que me encontraran. En ese momento toma barro de la orilla, lo unta en el rostro y la ropa, se quita el maletín y con su chaqueta arma un torniquete alrededor de su pierna. Trata de salir apoyado entre las ramas. Sujeta la correa del pantalón y ata su pie para cargarlo, pues ya no lo sentía.

Rolando intenta salir arrastrándose por el monte hasta el caserío pero empieza a perder fuerzas, lo invade el frío y el muslo de su pierna se empieza a inflamar. Entra en pánico y cree que una hemorragia avanza entre su cuerpo. Intenta calmarse. Contempla la posibilidad de que Katherine esté herida, pero la descarta. 

Permanecí allí algunas horas. Esperaba que aclarara en cualquier momento, pero mi espera se hizo larga. Eran las tres y media de la mañana, según los informes oficiales.

Rolando sentía palidecer, sentía desmayarse, sentía nauseas. Apenas salían las primeras luces empezó a deslizarse  entre espinas, hormigueros y malezas diminutas. Llevaba por delante el maletín y la chaqueta. A sus espaldas escuchó un leve sonido, volteé a mirar y era un hombre con traje militar.  

Una voz infortunada

El teléfono de la familia Soto sólo funciona en altavoz. Por eso cuando en la mañana del viernes cuatro de agosto timbró por primera vez, la madre Julieta Ospina y la hermana Paola Soto escucharon al mismo tiempo en el barrio Las Granjas de Cali la noticia del Comandante de la Tercera Brigada.

-Para informarle que Katherine Soto murió en un enfrentamiento con soldados de la Tercera División.

Paola Soto lo recuerda sentada alrededor del comedor de su casa y calla por un momento. No entra en detalles. Sólo cuenta que, ofuscada, le pidió aclaraciones al comandante por el llamado enfrentamiento y escuchó  las mismas palabras que le dijeron a Rolando cuando lo encontraron:

-Fue un error militar pero el ejército va a responder.

A esas horas Rolando ya salía tendido sobre las brujitas, junto al cuerpo inerte de Katherine. La vi a mi lado cubierta por una bolsa negra y me invadió la tristeza y empecé llorar durante el camino.

A las 3:30 de la tarde Julieta Ospina y Paola Soto recibieron en Buenaventura el cuerpo sin vida de la hija y hermana.  

Retrospectiva

De Katherine sus familiares y amigos recuerdan su alegría, sobre todo su explosiva sonrisa, aún en momentos de profunda tristeza. Tenía veintiún años, ingresaba a séptimo semestre de Licenciatura en Ciencias Sociales. Trabajaba en la Institución Educativa Liceo Latino con población vulnerable. En algunas fotos se le ve compartiendo con algunos ancianos en actividades comunitarias.

Tocaba la quena y la ponzoña, gustaba de la música antillana que escuchaba los fines de semana con su madre y su hermana. “nos queda la tranquilidad de que tuvimos una hermosa relación y compartimos grandes momentos”, señala Paola. Cuenta que eran tres mujeres muy unidas, pues el padre había muerto a los pocos meses del nacimiento de Katherine.

Mientras Paola lo recuerda escucho el llanto de la madre en un cuarto y siento un nudo en la garganta. Todos los días sale de su casa a la media noche para trabajar en la galería Alameda. Ahora lleva varios días sin dormir y come muy poco. Es muy triste ver  a mi mamá en un estado tan depresivo, ver que su vida perdió sentido, verla ahí, como inerte, medio muerta, sin aspiraciones, sin nada, es horrible. Nos toca empezar a asimilar la pérdida, pero eso significa sentir cada vez más su ausencia, comprender cada día  que ya no está.  

Un sumario trágico

La muerte de Katherine Soto, el dolor de sus familiares y de la comunidad universitaria se suma con los decesos de Jhonny Silva,  Julián Andrés Hurtado,  William Ortiz y la docente de Buenaventura Bárbara Inés Bohórquez. Todas víctimas de la violencia armada. En este caso el ejército reconoció su culpabilidad y se espera una reparación digna para sus familiares y un mayor respeto por la vida por parte de la Fuerza Pública. El rector ha enviado una carta al Fiscal General solicitando su atención en el caso y el gobernador ha exigido un esclarecimiento de los hechos.  he sentido el apoyo de la comunidad universitaria y siento que si necesito algo voy a ser escuchada, afirma Paola, hermana de Katherine.

Por su parte Rolando Quintero intenta superar lo vivido, tengo esquirlas de bala en la pierna que afortunadamente no comprometió el tejido arterial, sólo la vena femural resultó rosada. Mi operación consistió en la implantación de un platino sujetada por dos clavos en los extremos de la rodilla y la cadera. Espero que no se afecten las heridas, pues todavía están abiertas.  

*kevingar@univalle.edu.co