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El Galpón,
testimonio literario de una época
La última novela de Francisco Gonzáles se articula
con Amor enemigo de Patricia Lara y los
filmes La primera noche y Soñar no cuesta
nada, obras narrativas contemporáneas,
literarias y audiovisuales, que intentan preservar
para la historia las vicisitudes del conflicto
armado. Memorias para un futuro de postconflicto.
Por: Kevin Alexis García*
No se espere de El galpón una narrativa que renueve
el lenguaje, no se espere una lírica que reinvente
la metáfora, no se espere una obra que interpele al
canon colombiano, que excite a la crítica
especializada. Es esta la novela de un autor
cotidiano, un gestor cultural que, a fuerza de
empeño y de desfalcar de a poco el tiempo en
familia, ha tejido con paciencia un testimonio
literario de su época.
En un país donde la Ley del libro fue diseñada para
favorecer las utilidades de las grandes editoriales,
en detrimento de la promoción de los escritores y
lectores cotidianos, publicar una novela
independiente, es, en la mayoría de los casos, un
acto heroico. Francisco Gonzáles acaba de hacerlo.
Ha dedicado su vida al arte, como periodista y
cronista del Diario Occidente, como director de la
Casa de la Cultura de Jamundí y como creador y
gestor del Festival de Teatro, del Encuentro de
Poetas Vallecaucanos y del Festival de Música
Latinoamericana “Hernando Trujillo”.
El Galpón se articula en dieciséis capítulos que también
podrían leerse como relatos independientes acoplados
bajo una misma historia. Su estructura favorece la
lectura de un lector común, alejado de los oficios
literarios y académicos.
En su prólogo Álvaro Gartner afirma que esta narración
surgió de la vida cotidiana, en la que en una misma
persona, una misma época o una misma situación
confluyen lo mejor y lo peor de cada colombiano, lo
sublime y lo rastrero. Es una vida de contrastes en
que se puede ser feliz en medio de grandes angustias
y los opuestos coexisten y cohabitan sin
exclusiones.
Francisco Gonzáles se interesa por construir una
representación casi documental de la realidad que
hoy nos agobia, asumiendo de entrada los elogios y
cuestionamientos que ello conlleva. Su mirada es
directa y cruda. No se interesa por elaborar una
mediación poética de los hechos que narra, ni por
recrear distendidas descripciones de escenarios, tan
propias del costumbrismo colombiano. Esto, que ante
el dardo de la crítica puede interpretarse como un
abandono estético, debe reconocerse como más
adecuado a la realidad que hoy nos circunda. Vivimos
en un país donde los hechos trágicos se sobreponen a
diario unos sobre otros, sumiendo a la ciudadanía en
el marasmo de una cotidianidad aciaga, creando una
especie de estable incertidumbre, de soterrado
acostumbramiento. Es este un país donde se cometen
los hechos más atroces y son asumidos con la mayor
naturalidad.
En los títulos de algunos capítulos como Me largo a
Panamá, Matilde está preparando el tinto,
Es muy jodido meditar en medio de la guerra y
Juguemos algo, bebamos, se evidencia una
constante de esta obra, la intencionalidad de
desplegar una narrativa sencilla y amena, sobretodo
cotidiana y representativa de la idiosincrasia
popular.
En El Galpón los personajes se ven obligados a
desplazarse del campo en defensa de la vida, frente
a los ataques y señalamientos por parte de los
actores del conflicto armado. Gonzáles presenta un
mosaico de situaciones que antes que una
representación, parecen la realidad misma, el
registro inmediato. Mela, La Mona y el boticario
como personajes principales se ven obligados a
protestar en la ciudad, padecen la indiferencia y
negligencia gubernamental, pero también conocen de
la solidaridad de sus compatriotas y de la unión en
la adversidad.
De esta forma Gonzáles despliega entre líneas sus
reflexiones, ideas y percepciones sobre la vida
popular en convergencia con la violencia. De ellas
recupera lo místico-popular y lo mágico-cómico. Se
encarna en Martín, marido de Mela, la idea de que se
puede ser revolucionario sin ser guerrillero,
concepto que defiende las posturas matizadas frente
al conflicto, aquellas tan necesarias que no se
alinean en los radicalismos extremos.
En El Galpón todos los personajes víctimas
permanecen sometidos a las más precarias
circunstancias. Se construye el argumento de la
venganza como reproductora histórica de la
violencia; se muestra, así mismo, la baja estima del
campesino cuando se confronta con el ciudadano
urbano y la comprensión de que hay un abismo en la
percepción de la violencia entre el ciudadano rural
y el citadino. En algunas ciudades la violencia en
las montañas es una noticia mediática, mientras
los cultivos quemados y arrasados dejaban al
campesino sin habla, con la frustración apretada en
los labios y en las mandíbulas. El agua, echa un
lodo… (Página 25).
Tendidos en hileras, bajo sábanas blancas, en los cuerpos
destrozados de los combatientes no se distingue el
bando que defendieron. Todos son restos mortuorios
de seres humanos. También se plantea la
representación de la violencia por parte de los
medios de comunicación, su sensacionalismo
exacerbado y su equiparación con el despliegue de un
partido de fútbol o un concierto estelar. Una
especie común de dramática frivolidad.
En algunas frases se deja ver la postura política del
autor: A punta de bala no vamos a encontrar esa
luz al final del túnel. Estamos tan acostumbrados a
vivir en el infierno que el cielo nos resulta
aburrido.
Esta obra requiere de una crítica que antes que bloquear su
fervorosa capacidad creativa potencie en Francisco
Gonzáles su profusa vocación literaria, vocación con
que intenta preservar para la historia las
vicisitudes del conflicto armado, sugiriendo con
ella la visión optimista y esperanzadora de un
futuro colombiano en postconflicto.
*Comunicador social-periodista. Email: kevingar@univalle.edu.co |