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Brasil, la tierra del enigma y el carnaval

Antaño, los relatos de los viajeros coloniales describían un inmenso territorio que contenía  tribus antropófagas, soberanas amazonas y reinos perdidos en la selva. Lusitanos, africanos e indígenas le poblaron, edificando una nación redescubierta en el tiempo por América Latina, cuyo devenir cultural actualmente está marcado por el fútbol, la música y el jolgorio. Así es Brasil.

Por Carolina Abadía Quintero 

Brasil es la nación más grande de Suramérica. Más de la mitad de su territorio es ocupado por la selva, mientras que el majestuoso río Amazonas le bordea y circunda, como arteria, que inunda con su líquido viviente el devenir de un país apasionante, enigmático y contradictorio. Su territorio se encuentra también rodeado por los ríos Orinoco, Paraguay, Paraná y Río de la Plata. Dicha característica geográfica llevó a pensar a los colonizadores portugueses, en el siglo XVI, que la región brasilera era una isla separada del resto de colonias hispánicas. Su nombre proviene de un árbol denominado por los portugueses 'Pau-brasil', el cual producía un tinte usado por los indígenas del litoral brasilero, en ritos ceremoniales. Durante la colonización de Brasil, los portugueses exportaron ese nuevo tinte para teñir sus ropas en la vieja Europa.  

Brasil es selva, playa y sierra. Brasil se pinta de azul, verde y amarillo, colores que dibujan la calidez de un país que más parece un continente y que desde hace 507 años demuestra porque es una tierra que vale la pena redescubrir. 

La república cultural brasilera

Brasil es un país de grandes diferencias y matices culturales. Definir una identidad cultural homogénea en dicha nación, encarnaría un imposible y a la vez sería negar todas aquellas representaciones artísticas y culturales provenientes de ese complejo cosmos espiritual y humano, tejido desde el año 1500.

Las raíces culturales de esta extensa y heterogénea nación son el resultado de la mezcla entre africanos, lusitanos y aborígenes americanos. Changó y Yemayá poblaron el Brasil, a la par que la Santísima Trinidad y la Sagrada Familia, todos haciéndole compañía a los amazónicos Ñanderú y Manu, representaciones de la naturaleza indígena viva

La cultura brasilera se ha edificado a partir de un rico pasado de tradiciones étnicas, las cuales se han combinado entre sí, cimentando con esto la identidad carioca. Prueba de esta situación se denota en la gran cantidad de costumbres y palabras autóctonas americanas, que adoptaron muchos de los primeros colonos portugueses, así como también de aquellos ritos religiosos, en el caso del candomblé, que dan cuenta de las tradiciones traídas desde la lejana África.

 ‘Ordem e progreso’

Hoy, Brasil es una nación que a pesar de los problemas de pobreza e inseguridad que enfrentan muchas de sus grandes urbes, goza con la alegría de sus majestuosos carnavales o con la pasión que incita una de las ligas de fútbol más exigentes del continente. La historia de la nación carioca refleja una singularidad de procesos, que en el fondo, le han diferenciado del resto de experiencias culturales de Latinoamérica. Golpes de Estado, dictaduras, monarquías, imperios, hasta llegar a la nueva personificación del sistema democrático: el reelecto presidente Luiz Inacio ‘Lula’ Da Silva.

Aún a pesar de los constantes abucheos que ha enfrentado el gobierno de ‘Lula’, éste se ha convertido en el símbolo político representante de 56 millones de votantes y de la ‘regenerada’ izquierda latinoamericana. Su gestión ha sido frecuentemente criticada gracias a los escándalos políticos que han protagonizado algunos de sus familiares y colaboradores más cercanos, y a la adopción de reformas de corte conservador, que han trabado el crecimiento económico y social brasilero.

Actualmente, Brasil le quiere demostrar al mundo por qué es uno de los países tercermundistas que fácilmente podría llegar a convertirse en una nación poderosa y desarrollada. Mientras ese proceso no termine con éxito para los brasileros y brasileras, la famosa favela ‘La Rocinha’ en Río de Janeiro, uno de los tugurios más grandes de América Latina, con una población que excede los 200.000 habitantes, seguirá siendo el icono de una sociedad que a pesar de sufrir de graves problemas de violencia y pobreza, no pierde la pasión por la vida, la capacidad para bailar en el carnaval y, aún más importante, la fortaleza para seguir sonriendo.