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Conversaciones sobre el Taller Literario con Jorge Luis
Borges
“Los hebreos pensaban en el Espíritu y le atribuían
obras diversas: el Génesis, el Cantar de los
Cantares, el Libro de Job, el Libro de los Reyes, el
Eclesiastés; le atribuían todas estas obras al mismo
autor, al Espíritu. En cambio, los griegos tenían la
idea de la Musa, que vendría a ser exactamente lo
mismo, ¿no?”
VF: Sr. Borges: casi todos nosotros nos reunimos para
tratar de escribir, somos participantes de un taller
y tratamos de…
B: … Bueno, y yo también, ¿eh? Yo sigo tratando, a pesar de
tantos años, tantos arrepentimientos.
V.F: Yo quisiera preguntarle qué consejo podría darnos a
quienes estamos iniciándonos en la escritura.
B: El consejo que me dio mi padre hace tantos años: que
sólo escribiera cuando sintiera una íntima necesidad
de hacerlo, que corrigiera mucho y que no me
apresurara a publicar. Me dijo, en inglés: "Don't
rush into print". Es eso, claro: no apresurarse a
publicar. Y sobre todo me dijo que corrigiera mucho.
Y en cuanto a la lectura, me aconsejó que sólo
leyera lo que realmente me gustara. Muchos años
después estuve leyendo los ensayos de Montaigne. Y
Montaigne dice que cuando él encuentra en un libro
algún pasaje que no entiende, lo omite, lo salta,
sigue adelante y no trata de investigar. Sí, él
pensaba en la lectura como esencialmente hedónica,
esencialmente placentera; no como un deber, no como
una tarea. Si son textos difíciles, bueno, que sigan
así, yo no tengo por qué estar investigándolos,
explorándolos. Por ejemplo, si mi imaginación recibe
algo se lo agradezco, desde luego. Habría que pensar
en la lectura -y en la escritura también- como forma
fácil no sé si de la felicidad, pero sí del agrado,
del placer. Ya que es lindo leer y es lindo escribir
también. [1983].

B: Mi padre me dijo que leyera mucho, pero que sólo leyera
lo que me daba emoción. Que no leyera por
disciplina, o porque un autor fuera clásico o fuera
moderno, o estuviera de moda o ya no estuviera de
moda; que leyera simplemente textos que me
emocionaran. Que solo escribiera cuando sintiera una
necesidad de hacerlo, una urgencia íntima, y que me
apresurara lo menos posible en publicar. Luego leí
una biografía de Emily Dickinson, que tiene versos
excelentes, y ella, en una de sus cartas a Emerson,
dice que cree que la publicación no es parte
necesaria, esencial, del destino de un escritor.
Efectivamente, casi toda su obra fue de publicación
póstuma. Yo recuerdo en este momento dos versos de
ella -claro que podría recordar más- que dicen: "Parting
is all we know of heaven / And all we need of hell".
"La despedida es todo lo que sabemos del cielo / y
todo lo que necesitamos del infierno", ¿no? Sí,
porque es la despedida. Cuando dos personas que se
quieren se despiden es quizá cuando están más
presentes, seguramente porque saben que ese hecho no
va a repetirse. Es decir, que lo que sucede por
última vez, conscientemente por última vez, sucede
de un modo muy, muy intenso. La presencia, la
cercanía, la pasión, todo eso se da con más fuerza
precisamente porque se sabe que es efímero, ¿no? La
idea vendría a ser ésa; pero claro, está
admirablemente dicho, sobre todo el verbo "need". O
"todo lo que necesitamos…". Ya con eso nos basta, ya
con eso tenemos cielo e infierno suficientes. Una de
las cosas más lindas de Emily Dickinson. Y que fue
de publicación póstuma, naturalmente. [1981]
El proceso previo: los borradores mentales
B: Yo creo que toda persona cuando se sienta a escribir ya
más o menos ha resuelto el tema, el principio, el
fin, el ambiente. Sería muy raro que se sentara a
escribir, bueno, con la mente en blanco y el papel
en blanco también. Yo no creo que eso ocurra nunca.
Hay siempre un proceso anterior, digamos, de
borradores mentales. Antes de escribir, uno ensaya
consigo mismo la historia y luego piensa: "Si yo
leyera esto, ¿me interesaría o no?". Ahora, ponerse
a pensar en el lector o en un lector determinado me
parece que complica las cosas. Yo hablo simplemente
de mi experiencia personal. Hay escritores que, sin
duda, proceden de otro modo. Y con resultados
felices. [1983]
El papel de la emoción: la alegría, el dolor
MG: Sr. Borges: me interesa su opinión con respecto a la
emoción. ¿Qué papel debe cumplir la emoción en la
escritura del cuento?
B: No, la emoción tiene que ser anterior a la…
MG: ¿Anterior?
B: A mí, si no hay emoción, es muy raro que se me ocurra
una idea, así, en el aire. Además, no veo la
necesidad de escribir, tampoco. Por eso, lo que se
ha dicho, por ejemplo, sobre una máquina que pueda
escribir es absurdo. La máquina no precisa escribir,
no tiene ganas de escribir. No, yo creo que la
emoción tiene que ser previa a toda la estética.
MG: ¿Y cuál es la manera de provocarla?
B: Es que no hay manera de provocarla, la vida está
provocándola continuamente. Yo creo que usted puede
provocar estímulos artificiales. Los estímulos
naturales, bueno, son el hecho de vivir, de sentirse
desdichado… [1983]
GW: Usted hizo una declaración en la que dice que la
felicidad es un fin en sí y la desdicha es un medio
que, si uno lo sabe utilizar, puede servir para
escribir. ¿Usted cree que en la desdicha se puede
encontrar mucha más inspiración para escribir que en
la felicidad?
B: No, yo no pienso eso, la historia de la literatura lo
piensa. ¿Poetas de la felicidad? Yo no sé. Jorge
Guillén, podría ser. Y creo que es el único. Todos
los otros cantan paraísos perdidos, ¿no?
G: ¿Y Basho?
B: Basho, el escritor japonés… sí, puede ser. Pero son muy
pocos. En el caso de Whitman yo creo que uno siente
que él no era realmente feliz. No sé si era feliz,
yo creo que no. Creo que uno siente una íntima
tristeza que se trasluce en su obra. Aunque él se
propuso cantar la felicidad. Pero se lo propuso de
un modo demasiado consciente. Creo que en el caso de
Guillén, por ejemplo, la felicidad es más
espontánea, más inocente, tal vez.
G: Además, parecería que tiene más prestigio la tragedia
que la comedia.
B: Sí.
G: Y no se sabe bien por qué.
B: ¡Qué raro! Días pasados yo escribí un poema sobre eso y
estuvimos hablando de esto con un amigo italiano,
que también tiene un poema; los versos eran, ¿cómo
es?: "Oscuras, oscuras ya las almas / la derrota
tiene la dignidad de la victoria". La misma idea,
¿no? Sí, una vez acallada la batalla… [1981]
MM: Sr. Borges: volviendo al tema de la emoción previa al
texto, ¿usted cree que el dolor, por ejemplo, tiene
mayor fuerza creativa o puede llegar a tener mayor
fuerza creativa que la alegría?
B: Yo creo que sí, porque creo que la alegría es un fin en
sí. Si uno ha llegado a la alegría o, digamos mejor,
a la felicidad, eso es algo que se basta. En cambio,
la desdicha es algo a lo que uno tiene que
sobreponerse; tiene que transformarla en otra cosa,
no sé, en música, en poesía, en lo que fuera. En
fin, en arte. Yo creo que todos sentimos eso, todos
sentimos que hay algo más complejo y más profundo en
la desdicha. Siempre se piensa que la tragedia es
superior a la comedia. Es la misma idea, ¿no? Creo
que hay como una mayor riqueza en la desventura que
en la ventura. Creo que eso lo sienten todos los
hombres. Sin embargo, había un poeta, para mí un
gran poeta, que era Jorge Guillén. Jorge Guillén: el
único poeta que realmente ha tratado ese tema, la
felicidad. Lo dice, ¿cómo es? ¿Cómo es eso?: "¡Oh,
luna, cuánto abril! Todo en el aire es pájaro".
Parece terrible y no lo es, parece una pesadilla,
pero no es una pesadilla.
G: En realidad son dos poemas distintos. Uno es: "¡Cima de
la delicia! / Todo en el aire es pájaro"…
B: … ¡ah!, son dos, ahora me doy cuenta…
G: … y el otro es: "¡Oh, luna, cuánto abril!"…
B: … "Todo en el aire es pájaro", ¿o no?
G: No. "Todo en el aire es pájaro" es: "¡Cima de la
delicia! / Todo en el aire es pájaro". Y ice
después: "Se cierne lo inmediato / Resuelto en
lejanía".
B: ¡Entonces, yo me he pasado toda la vida citándolo mal! Y
creo que lo he citado mal delante de él, lo cual es
más grave, ¿no?
G: Pero parece que podrían ir juntos esos dos versos.
HCL: Sí.
G: "¡Cima de la delicia!"…
HCL: "Cima de la delicia / cuánto abril".
G: "¡Oh, luna, cuánto abril"… No sé cómo sigue "cuánto
abril", pero sé cómo sigue el otro. Del otro me
acuerdo, sí.
B: Pero ese hemistiquio es liadísimo: "¡Oh, luna, cuánto
abril"… Es raro, ¿eh?
G: Sí, lo ponemos mucho como ejemplo en los talleres.
Varias veces lo hemos puesto como ejemplo porque…
B: Parece milagroso, casi.
G: Parece milagroso, tiene algo de…
B: Sí, a mí me hubiese gustado escribir eso.
G: Es espléndido. [1983]
B: De algún modo, creo que hasta el sufrimiento es
necesario para escribir. La felicidad, no. Es un fin
en sí misma, no necesita ser transmutada en otra
cosa. Pero el sufrimiento, sí. Yo hablaba con el
Grillo, hace unos días, de un poema de Kipling: "Hymn
on physical pain", "Himno al dolor físico". Yo
recordaba una línea que dice que el dolor físico
hace que el alma "olvide sus otros infiernos" -"And
let the soul forget her other pains"-. Y luego tuve
ocasión de revisar el poema y comprobé que esa línea
no estaba en el poema, pero que viene a ser un
resumen del poema. Esa línea, que es linda -"hace
que el alma olvide sus otros infiernos"-, no figura
en el poema, aunque hay muchas otras líneas que se
acercan a ella o que lo dicen de otro modo. Empieza:
"Dreadful mother of forgetness" -"Temible madre del
olvido"-, el dolor físico. Cuando se padece dolor
físico uno no puede pensar en otra cosa. Y Kipling
tiene que haber sabido mucho de eso, ya que él murió
en la segunda operación de cáncer; de modo que tiene
que haber conocido, bueno, como todos, el dolor
físico. Pero ya la idea, ya el título, es un poema:
"Himno al dolor físico". Quizá, después de ese
título no sea necesario leer el poema, es tan
perfecto el
título, es tan lindo que…
G: Voy a hacer una interrupción. Recuerdo algo que pasó una
vez con Borges, una noche, en verano. Íbamos
caminando y...
B: ¿En Adrogué o en Buenos Aires?
G: En Buenos Aires.
B: ¡Caramba, meramente en Buenos Aires!
G: Sí, meramente en Buenos Aires, y le entró…
B: Ni siquiera en Temperley…
G: Ni siquiera en Temperley, no. No era en el sur, no.
B: Ah, bueno, ¡qué le vamos a hacer!
G: Cerca de la plaza San Martín, y le entró una piedrita en
el ojo, ¿no?
B: Ah, sí, creo que usted me acompañó a una botica. No,
farmacia. Y… botica es tan anticuado, claro.
"Boutique, bodega, boutique, botica".
G: Entonces Borges me dijo, y yo, por supuesto, le creí,
que en ese momento si tuviera que optar entre el
premio Nobel y que le sacaran esa piedrita del ojo
optaría por la piedrita, ¿no?
B: Claro, yo ya estoy acostumbrado a no recibir el premio
Nobel; no es una novedad, claro. La piedrita sí.
G: Y usted sentía mucha vergüenza de lo que le estaba
pasando, de que fuera tan fuerte el dolor físico
como para todo eso.
B: Ni siquiera el dolor, la incomodidad, que se parece al
dolor; desde luego, son parientes.
G: Y me dijo: "Mire qué papelón si me muero aquí, en este
momento. El recuerdo que tendrás de mí será
horroroso".
B: Me había olvidado de eso. Una cita erudita, claro, una
letra de tango. [1985]
Elección de la forma
VM: ¿Usted tiene alguna estética o escribe sin pensar en
eso?
B: No, cuando yo escribía de acuerdo con una escuela, con
el ultraísmo, no me salían bien las cosas. Ahora
creo que la estética la da el tema.
VM: Claro.
B: Es decir, que no puede haber una estética aplicable a
todo. Creo que cada tema logra que el escritor sepa
de qué modo requiere ser escrito, ¿no? De modo que
la estética la dan los temas. Hay temas, por
ejemplo, que evidentemente exigen una forma
irregular, otros que exigen la prosa, otros que
exigen el relato, y así sucesivamente; pero yo no
creo que pueda haber una estética general. Creo que
ése es el error de las escuelas. [1983]
Acerca de la corrección
G: Usted alguna vez habló de que corregía mucho cuando
escribía.
B: Sí, pero desde hace veinticinco años mis borradores son
mentales; es decir, yo voy limando, puliendo en mi
memoria o en mi imaginación. Y, bueno, Kipling hacía
lo mismo, ¿no? Con mejor resultado, desde luego. Él
dice que no hay una frase suya que no haya sido
pulida mentalmente antes de ser escrita. Y Alfonso
Reyes me dijo que él había heredado de su padre esa
costumbre de caminar de un extremo al otro del
aposento pensando las frases. Y que eso, esa
actividad física, lo ayudaba. Y luego las escribía y
volvía a corregirlas, naturalmente. Actualmente no
hay página mía, por descuidada que parezca, que no
sea, digamos, una de las etapas. Y nunca es la
primera, ¿no? Cualquier frase que yo escriba, aunque
parezca negligente, ha sido realmente pulida. Como
Kipling, que imaginaba una frase, la repetía en voz
alta y, luego, la purgaba de sus errores más crasos.
Serían malas rimas, por ejemplo, o frases inútiles,
o lo que fuera. Sí, o metáforas que pudieran
distraer al lector. Creo que es como una comedia,
¿no? Escribir es una tarea solitaria, generalmente
es la tarea de una persona que está sola y que tiene
que poblar esa soledad con sus metáforas.
G: Y, sin embargo, hay gente que supone que el escritor
está dotado de una especie de naturalidad según la
cual todo le sale bien de entrada. Yo creo que eso
es inexacto.
B: Sí, yo soy amigo de payadores y me he dado cuenta de que
lo que sale bien de entrada se produce no sólo
rápidamente sino de un modo absurdo, ¿no? Creo que
quizá en los payadores lo que interesa no es,
digamos, el fondo sino la forma. Es decir, los
oyentes aceptan una serie de versos más o menos
octosílabos, octosilábicos, y les basta con eso,
¿no?
G: Hablando de payadores, Borges cuenta que una vez fue a
Adrogué con Ulyses Petit de Murat. Bueno, cuéntelo
usted mejor.
B: Bueno, Ulyses vino a verme, Ulyses es de Belgrano.
Fuimos a un almacén, en la plaza del hombre sentado.
G: ¿En Adrogué?
B: Sí, en Adrogué. Y había un payador. Él me dijo:
"¡Caramba!, yo no sabía que hubiera payadores en el
sur". Y yo le dije: "¡Pero sí! Son muy comunes". Fue
la primera y la última vez que vi uno; lo engañé,
así, patrióticamente, geográficamente, ¿no? Se fue
con la mejor opinión del sur porque en Belgrano no
sucedían esas cosas. En Adrogué tampoco, pero eso no
importa. Esa noche sucedieron y sucedieron para
siempre, ¿no? Yo creé, así, una falaz eternidad, una
mendaz eternidad. [1981] B: Cuando yo concluí mi
primer libro de poemas, Fervor de Buenos Aires,
quise que mi padre lo leyera y él me dijo: "No,
nadie puede ayudar a nadie, tenés que salvarte vos
mismo. Sin duda, si yo leyera este libro podría
corregirlo, pero eso no tiene ningún valor; lo
importante es que vos descubras tus errores, que vos
los corrijas, porque es una tarea que cada escritor
tiene que ejecutar".
JT: ¿Y Macedonio Fernández tampoco se los corregía?
B: No.
G: ¿A él, a sí mismo?
JT: No, al Sr. Borges.
B: No, no, yo había publicado un libro y me daba vergüenza
mostrarlo. Bueno, lo que se ha publicado ya es
irreparable. Pero los manuscritos, no, me daba
vergüenza.
HCL: Usted, años después, encontró algún libro corregido
por su padre.
B: Sí, ese libro.
HCL: ¿Y aceptó las correcciones?
B: Casi todas, agregué dos o tres y eso sirvió para la
reedición que aparece en mis Obras Completas. Están
las correcciones de mi padre y otras adicionales. Y
hay composiciones que él tachó y no aparecen en el
libro. Las tachó con razón. Él tachó, así, páginas
enteras. Ese libro lo encontramos después. Él no me
dijo nada del libro por lo que supongo que su
opinión fue adversa, ya que no me dijo nada. [1983]
HP: ¿Demasiada corrección no lleva también a que el texto
se aleje de uno y que de repente se convierta en
algo totalmente diferente, muy lejano a lo que uno
sintió?
B: Ah, puede ser, sí. Yo creo que uno debe sentir cuándo
debe detenerse. Hay esos versos famosos de Juan
Ramón Jiménez: "Esta es la rosa y no la retoques".
Está pensando en un pintor, ¿no? Desde luego, creo
que hay un momento en que uno comprende que debe
resignarse a tal texto y no seguir buscando
variaciones. Cualquier cosa que se note como una
variación ya es un defecto, me parece.
HCL: Es una forma de censura, ¿no?
B: Sí. Yo creo que uno debe corregir de modo que parezca lo
contrario. Aunque no sea de veras espontáneo, hay
que dar esa impresión. Porque si no, como en el caso
de Lugones o de Quevedo, se nota mucho el exceso de
esfuerzo. Uno dice: "esto está bien", pero también
siente que el autor se ha exigido por escribirlo, no
sé si conviene eso. Mejor que todo parezca casi
inconsciente. Que la cosa esté bien y que uno
piense: "¡Caramba!, ¿se ha dado cuenta el autor de
que esto está bien?". Es mejor si queda esa
sospecha. Eso correspondería, digamos, a una idea
ética. Es decir, que si algo está muy cuidado eso
puede corresponder a la vanidad, al deseo de ser
ostentoso. En el estilo barroco habría un defecto,
un defecto moral, ¿no? Un defecto ético.
G: De todos modos, la espontaneidad a veces es barroca.
Camus dice que la simplicidad se consigue a través
de una gran corrección. Corrección que muchas veces
es para corregir lo que uno cree que ya es simple,
sencillo, directo.
B: Usted quiere decir que debe ser espontáneamente
sencillo, ¿no?
G: Creo que lo que sale directamente, lo primero, es un
poco barroco siempre.
B: Es verdad, sí.
G: Más bien hay que ajustar y corregir para que quede más
simple, para conseguir esa apariencia de
espontaneidad, de simplicidad, ¿no?
B: Sí, uno puede pensar con metáforas más o menos
equivocadas en el punto de partida.
G: Sí, es raro. Lo que se escribe espontáneamente tiende
más bien hacia lo barroco. Después, al corregir, al
ajustarse, va simplificándose. [1983]
B: Yo siempre recuerdo un diálogo con Alfonso Reyes. Le
pregunté por qué publicamos lo que escribimos. Y él
me dijo: "Yo comparto su perplejidad y he dado con
la solución: para no pasarnos la vida corrigiendo
los borradores".
HM: ¿Qué cambiaría hoy de todo lo que escribió?
B: Yo creo que cambiaría casi todo, pero quizá me
equivoque. Quizá todo lo que he escrito fueran
borradores necesarios para llegar, no a lo que
escribo ahora, sino a lo que pienso escribir. Quizá
ésas sean etapas necesarias. [1985]
ECh: Usted dijo que antes de empezar a escribir recibe una
revelación; ¿esa revelación es de origen divino?
B: Bueno, aquí tenemos muchas elecciones. Por ejemplo,
podemos pensar en la Musa, podemos pensar en el
Espíritu, podemos pensar en la Gran Memoria. Yeats
creía que en todo individuo está la Gran Memoria de
los padres, de los abuelos, de los bisabuelos y,
así, en progresión geométrica, casi infinitamente; y
que todo hombre dispone de esa especie de vasto
océano: la Gran Memoria. Pero ahora se suele hablar
de la Subconsciencia, del Subconsciente Colectivo,
en fin, son diversos nombres de algo inexplicable.
Los hebreos pensaban en el Espíritu y le atribuían
obras diversas: el Génesis, el Cantar de los
Cantares, el Libro de Job, el Libro de los Reyes, el
Eclesiastés; le atribuían todas estas obras al mismo
autor, al Espíritu. En cambio, los griegos tenían la
idea de la Musa, que vendría a ser exactamente lo
mismo, ¿no? |